
Hacia las 4 de la tarde, después de escuchar a todos los oradores, nos despedimos en medio de abrazos a los nuevos y antiguos compañeros campesinos, obreros.
Fue un día de fiesta, de unión, para iniciar juntos un largo camino hacia una patria renovada.
Repito aquí lo que tuve la suerte de decir públicamente: “cuidemos a este Congreso Democrático del Pueblo como un hijo querido que acaba de nacer”.
Ojalá seamos lo suficientemente sabios como para sortear las dificultades que planteen los que desde el poder no quieren un Paraguay para todos, especialmente para los campesinos, los indígenas, los habitantes de las zonas marginadas.
Y, sobre todo, ojalá que la unidad del pueblo siga creciendo.

