07
Septiembre
2015
1er. Congreso Internacional de Trabajadores en Redes Fast Food
Intervención del Secretario Regional de la UITA en la audiencia pública del Senado
Intervención del Secretario Regional de la UITA en la audiencia pública del Senado
“Cuando la felicidad es vendida en cajitas…”
Rel-UITA
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Gerardo Iglesias recordó cómo la expansión del neoliberalismo por el planeta supuso un aumento del poder de las transnacionales y una reducción al mínimo del Estado de Bienestar. A continuación, los principales pasajes de su discurso.
“El mundo se salva salvando a las empresas”, afirmaban Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Augusto Pinochet, y esa teoría se transformó en la marca en el orillo de los gurúes neoliberales, que la repitieron hasta el hartazgo, como papagayos bien pagos del sistema.
Las plataformas mediáticas se encargaron de amplificar esas voces por todos los rincones del mundo. El planeta fue, entonces, transformado en un gran establo, donde se puso a las empresas en engorde.
Como hienas, lo comieron todo: leyes, naturaleza, ideologías, valores morales y éticos. Se comieron también el concepto de ciudadano y a los propios ciudadanos.
La lógica era “tratar bien al capital”, maltratando a todo lo que no fuese lucrativo.
Y engordaron sin generar más empleo. Todo lo contrario: los índices de desocupación se dispararon.
Esta fue la nueva lógica imperante, hasta tal punto que en varios países nuevas leyes de promoción del empleo introdujeron una serie de medidas por las cuales se abarataba el despido.
Al tiempo que trabajadores y trabajadoras se convirtieron en un insumo cada vez más prescindible para la empresa global, se expandió un generalizado proceso de precarización laboral por el cual el empleo tradicional -aquel con jornadas y horarios definidos y estables, regulados por la Convención Colectiva o la legislación- pasó a ser cosa del pasado.
Con la desregulación del empleo, junto con la producción de lo que se necesita en el momento, el sistema just-in-time, los empresarios también inventaron el empleado just-in-time, convocado solamente cuando hay un servicio a realizar.
El objetivo fue evacuar la producción o el servicio, sacándose de encima cuanto antes al trabajador o utilizándolo exclusivamente para una labor específica.
Las plataformas mediáticas se encargaron de amplificar esas voces por todos los rincones del mundo. El planeta fue, entonces, transformado en un gran establo, donde se puso a las empresas en engorde.
Como hienas, lo comieron todo: leyes, naturaleza, ideologías, valores morales y éticos. Se comieron también el concepto de ciudadano y a los propios ciudadanos.
La lógica era “tratar bien al capital”, maltratando a todo lo que no fuese lucrativo.
Y engordaron sin generar más empleo. Todo lo contrario: los índices de desocupación se dispararon.
Esta fue la nueva lógica imperante, hasta tal punto que en varios países nuevas leyes de promoción del empleo introdujeron una serie de medidas por las cuales se abarataba el despido.
Al tiempo que trabajadores y trabajadoras se convirtieron en un insumo cada vez más prescindible para la empresa global, se expandió un generalizado proceso de precarización laboral por el cual el empleo tradicional -aquel con jornadas y horarios definidos y estables, regulados por la Convención Colectiva o la legislación- pasó a ser cosa del pasado.
Con la desregulación del empleo, junto con la producción de lo que se necesita en el momento, el sistema just-in-time, los empresarios también inventaron el empleado just-in-time, convocado solamente cuando hay un servicio a realizar.
El objetivo fue evacuar la producción o el servicio, sacándose de encima cuanto antes al trabajador o utilizándolo exclusivamente para una labor específica.
La gula, un pecado del capital
McDonald’s el devorador
De esa voracidad, de ese engorde, surgió una de las peores hienas de la nueva lógica imperante: McDonald’s.
McDonald’s Brasil, que hace tanto alarde de su supuesta responsabilidad social y no escatima esfuerzos publicitarios para divulgar su devoto fervor por los jóvenes, llevó adelante una política de empleo just-in-time, es decir, una jornada móvil de trabajo violando los derechos de los trabajadores y las leyes brasileras.
Según Samuel da Silva Antunes, abogado de la Confederación Nacional de Trabajadores en Turismo y Hospitalidad (CONTRATUH), la “jornada feliz en McDonald’s” perjudicaba al trabajador en varios sentidos.
Por un lado, el trabajador permanecía mucho más tiempo a disposición de la empresa que las ocho horas estipuladas por ley; esto le impedía realizar cualquier otro tipo de actividad, ya que en una misma semana podía tener diferentes horarios tanto de entrada como de salida.
Sí el trabajador llegaba al local y no hay tarea suficiente debía aguardar hasta ser llamado.
“El ‘sistema McDonald’s’ incluía otra genialidad: la paga según el cómputo de horas trabajadas, a tal punto que muchos empleados no alcanzaban a recibir siquiera el salario mínimo nacional”, concluyó.
En Brasil ahora McDonald’s tendrá que ajustarse a ley o pagar severas multas.
A pesar de todos los intentos para acabar con los sindicatos provenientes de personajes como la señora Thatcher, el señor Reagan y el dictador Pinochet, algo todavía se mueve en esta sociedad, aunque se pretenda convencernos de que la felicidad se compra en cajitas…
La lucha sindical mundial está diciendo basta a esta historia del Mundo Feliz de McDonald’s, donde hamburguesas y derechos de los trabajadores son fritos en el mismo aceite rancio.
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Fotos: CONTRATUH