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“Las mujeres somos brujas, pero también magas”
En Apartadó,
Colômbia
MUJER
Con Marjorie Barrera Becerra
“Las mujeres somos brujas, pero también magas”
La mujer insiste, persiste y no desiste
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Fotos: Gerardo Iglesias
Hace 18 años que Marjorie es directora de la Universidad Luis Amigó. Oriunda de Medellín, forma parte del Movimiento Cooperativo Nacional desde hace tres décadas. Cree fehacientemente en que la economía solidaria y el empoderamiento de la mujer es el camino para resolver muchos problemas sociales del capitalismo y la herencia de la violencia que asoló la región de Urabá.
-¿Economía solidaria y mujer van de la mano?
-Sí, claro. Pero hay que pensar en una mujer distinta. En esta región la mujer ha demostrado que tiene una gran resiliencia, es decir una gran capacidad de superar situaciones adversas.

Hay mujeres solas, viudas o solteras que han logrado sacar a sus hijos adelante.

Esas mujeres que están solas fruto de la violencia, con maridos asesinados o desplazados, se han dado cuenta de que sólo pueden salir adelante si se unen a otras mujeres y se ayudan mutuamente.

En la región tenemos el caso de una lideresa muy querida, Ángela Salazar, que se dedica a cooperar con mujeres de la comunidad y con movimientos de mujeres para conseguir recursos y realizar proyectos.

El proyecto Compartir, que asiste a víctimas de la violencia en Urabá, ha atendido a cerca de 2.500 madres cabezas de familia. La hermana Carolina les ha dado educación, proyectos productivos, vivienda y las mujeres han salido adelante. Sus hijos estudian, tienen planes y proyectos futuros. Tenemos muchas experiencias positivas.

Paralelo a esto pertenezco a Cordupaz, Corporaciones de Desarrollo y Paz, una organización que ha realizado un relevamiento de las organizaciones sociales legitimadas.

Y el papel de la mujer en este proceso es muy importante, porque es ella la que une, congrega, y no deserta tan fácil como el hombre. La mujer insiste, persiste y no desiste.

-La violencia castigó muy fuertemente a esta región, y su virulencia recayó con mayor tenacidad sobre las mujeres…
-Es cierto. A pesar de la resiliencia de la que hablaba anteriormente existe un contexto social al que no podemos estar ajenos. Las chicas que nacen aquí ya están inmersas en un ámbito de violencia.

Se casan muy jóvenes para tener quien las mantenga, y eso acrecienta la violencia intrafamiliar, mujeres sin estudio que viven en total dependencia de sus maridos.
Apuntar al estudio
La formación es básica para salir de la violencia

En virtud de esta realidad hemos creado un Observatorio de la violencia, de las múltiples violencias de la que son víctimas las mujeres de Urabá y hemos logrado visibilizar muchos casos.

Eso nos ha llevado a generar en Apartadó políticas públicas para combatir la violencia hacia las mujeres.

Estamos convencidos de que es a través del estudio que las mujeres van a salir de ese lugar de dependencia que ocupan.

-Pero se hace difícil cuando hay un porcentaje tan alto de adolescentes de 13, 14 y 15 años ya con hijos. ¿Por qué se da este fenómeno?
-Según lo hemos estudiado en el Observatorio las causas pasan por cinco ejes: son chicas que provienen de familias de escasos recursos; sus padres tienen nivel educativo bajo; existe mucho libertinaje; el contexto social es propenso a que las chicas exploren tempranamente su sexualidad; y hay una concepción marcada de que si me embarazo tendré quién me mantenga.

Por eso se torna indispensable generar proyectos que busquen la inclusión de las mujeres en el mercado laboral, porque no sólo con asistencialismo se resuelve este tema.

-Recientemente entrevisté a una de las víctimas de la masacre de la Chinita. Vio a morir a su esposo, y tuvo que cambiar su rol de mujer “ama de casa” para ir a trabajar a una finca y sustentar a su familia. Ahora ella se culpa de tener un hijo pandillero…
-Hay que entender que nacimos en un lugar completamente machista donde a la mujer se le asigna el rol de madre y ama de casa y cuando por necesidad este rol cambia se enfrentan este tipo de situaciones.

Son problemas sociales muy complejos en un territorio donde las necesidades básicas no están cubiertas y donde la violencia y el narcotráfico están a la orden del día. Hace falta mucho trabajo para salir de esta fase, tres generaciones por lo menos.

Hay a pesar de todo un dato positivo: cuando yo llegué acá hace 18 años, éramos 1.500 estudiantes de magisterio; ahora superan los 8.500 y eso tiene que ser un indicador de que las cosas pueden cambiar.

-¿El mundo puede cambiar con la economía solidaria y la mujer?
-Sí, porque las mujeres somos brujas pero también mágicas. Tú le das a una mujer una casa y ella te da un hogar.
 
Rel-UITA
9 de marzo de 2016
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